Los hombres no lloran

Obsesionados con Chacón

January 11, 2008 · 2 Comments

En el secundario tuve un compañero que se llamaba Chacón, J. Chacón . Para mí, que todavía era un niño, una de las peores cosas que te podía pasar era tener un nombre ridículo, y por eso pensaba que para Chacón llamarse Chacón debería ser dramático, una carga pesada para llevar con angustia por el resto de su vida.

Ahora, que miro para atrás, estaba en la época que aparecen los primeros miedos irracionales a la opinión ajena, y en Chacón veía a la encarnación misma del ridículo.

El asunto era que en cada nuevo módulo horario, cada unos 120 minutos más o menos, cuando un profesor se iba y entraba el siguiente, se repetía una situación curiosa. Muy a su pesar, Chacón nos recordaba nuestra mayor obsesión de púberes, que no era otra que ponerla, para decirlo de manera romántica y metafórica. El secundario es una época en la vida del varón en la que todavía no concibe el sexo en su aspecto filosófico, ni en ningún otro aspecto, todo es teta, culo, concha. Y en esa línea, el pobre de Chacón, a todas luces era Concha.

Así fue como durante todo segundo año en el Comercial Dr. Antonio Bermejo, presencié el mismo involuntario ritual, en el que cada profesor hacía lo que ya había hecho el anterior apenas un rato antes: tomaba lista. Y si te llamabas Bauza, no tenías ningún problema con que tomaran lista cada dos horas, pero si te tocaba estar un lugar más abajo, ibas a llegar siempre al mismo punto crítico.

Y ahí estaba Chacón, siempre después de Bauza, presente o ausente, enfrentándose con su karma.

Un profesor cualquiera (de alguna de las 15 materias):

- Chacón.

Y Chacón:

- Presente

Y el hijo de puta de Azconzábal, un energúmeno nieto de vascos que había repetido dos veces primer año y estaba haciendo segundo año también por segunda vez, en forma sistemática, casi al mismo tiempo en el que Chacón daba el presente, decía:

- Quiero una.

Los profesores no alcanzaban a darse cuenta, porque lo decía como un susurro, pero entre nosotros, los varones, que estábamos esperando con ansiedad adolescente, la secuencia “-Chacón -Quiero una” hacía estallar una carcajada general. La platea femenina, por el contrario, hacía el ademán de negar con la cabeza y descalificaba la situación mordiéndose el labio de abajo con el de arriba, en gesto unánime de desaprobación. Como diciendo qué manga de inadaptados. Pero nosotros festejábamos cada vez como si le hubiéramos hecho un gol a Brasil. Era como si el recreo se estirara unos segundos más. Teníamos un incentivo para no volver al aula derrotados a verle la cara al de Contabilidad. Y cuando a un profesor se le ocurría no tomar lista, siempre alguien se lo recordaba, en una clara prueba de que canalizábamos la falta de sexo a través de la maldad.

Hay una suerte de código masculino que las mujeres por lo general no entienden. En el mejor de los casos, se resignan, pero entenderlo no lo entienden. No tienen interés, o ni siquiera les da curiosidad saber por qué a los hombres nos causan tanta gracia esas cosas. A todos. Sin excepción. Toda mujer debería saber que, en mayor o menor medida, Homero Simpson vivió adentro de Borges. Todos somos un poco así, es el mandato de la especie.

Pero eso no era todo. El clímax del caso Chacón se vivía los miércoles y viernes, en Inglés. A los 15 años, todos vírgenes y desesperados (salvo Azconzábal que tenía 18 y para nosotros tenía como mil) las clases de inglés eran una fiesta. Porque Azconzábal, en vez de Chacón le decía “cheicon”, simulando pronunciación british. Y eso nos hacía casi desmayar de risa a todos menos a Laura, la profesora de inglés, que tendría unos 25 años y una clara predilección por las causas perdidas. Defendía al desamparado Chacón contra viento y marea y nos amenazaba con amonestaciones infinitas.

A nosotros mucho no nos importaba, salvo a Azconzábal que no sé como hizo pero desde el primer mes de clase estuvo al límite de quedarse libre por faltas y por amonestaciones. Nos costaba mucho respetar a Laura porque entre Laura y Madonna no veíamos tanta diferencia. Nos queríamos tumbar a las dos con la misma prioridad. Laura tenía más de 20 años y tetas, o sea, era tan inaccesible como Madonna. Intuíamos que cepillarse a Madonna era mejor, era como más internacional, pero no estábamos seguros de las diferencias concretas.

Y encima estábamos todos calientes con Laura porque cuando se enojaba nos retaba en inglés. Si bien es cierto que en esa época no necesitábamos motivos para andar calientes, verla a Laura desencajada, a los gritos, diciendo “Don´t disturb Juan” o algo así, era como verla en una porno, con cara de traviesa, diciendo yeah yeah y dominando la escena desde arriba.

A fin de año Azconzábal abandonó o se cambió de colegio, pero la cuestión es que no lo vimos más salvo alguna que otra vez que volvió para hacer algún trámite. Pero sin dudas lo mejor que nos dejó fue esa anécdota memorable marcada a fuego.

Hace ya un par de años largos que no tenía noticias de nadie del colegio y mucho menos me acordaba de esas clases de inglés delirantes. Hasta hoy, que recibí un mail de un ex compañero que decía: “Al final, lo de Chacón no era para tanto. Mirá cómo se llama esta. Un abrazo”. Y seguía un link para visitar.

Pero lo más impactante de todo fue el Asunto que traía el mail, en minúscula y en inglés, cheicon, que en una palabra me hizo retroceder 15 años y darme cuenta de que hoy me río de las mismas cosas que entonces.

Categories: Deja Vu

2 responses so far ↓

  • de atavíos // January 12, 2008 at 4:04 am | Reply

    jajajaj excelente anecdota!! sabes que? hace años mi vieja era presidenta de mesa en las elecciones y contaba que siempre iban dos hermanas de apellido Chacón, y que ella sin tentarse tenia que gritar el apellido de las dos para que todos las busquen en sus padrones!!! Evidentemente no sos el unico qu se rie de esas cosas, (de hecho yo tambien lo hago) y se que hasta el dia de hoy, cuenta esa anecdota y se desternilla de risa.

  • Hoja Mayor del Gomero // September 18, 2009 at 3:27 am | Reply

    Me tocó estar “del otro lado”, varios años después, y en mi segunda adolescencia, tomando lista en la facultad, en la mítica comisión que tenía como alumnos a Tetta y Verga, así, uno seguido del otro.
    Y me costó mucho evitar la risa, dos veces por semana, durante un divertidísimo cuatrimestre…

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