Una de las cosas que mejor sabemos hacer los hombres para conquistar a una mujer, es mentir. No lo hacemos con maldad ni con ánimo de ofender, ni porque todos los hombres son unos hijos de puta. Seducir es sentirse aprobado, y en la búsqueda de esa aprobación, mentimos.
Es como un mecanismo de defensa que se activa cuando percibimos el rechazo. Nos arriesgamos a ser descubiertos en una mentira torpe, y a quedar en evidencia, por un motivo único y excluyente: compensar una carencia.
